Durante los últimos años el conocimiento de la producción monetaria como forma de entender la moneda de la Edad Media ha experimentado importantes avances. La aportación del profesor Javier García Montes supone un importante paso adelante a través de un análisis metodológicamente innovador que le ha requerido un importante trabajo de campo, sistematización y análisis. La trascendencia de los resultados y las conclusiones elaboradas no solo se circunscribe a la moneda de la Corona de Castilla de la segunda década del siglo XIII, sino que alcanza los aspectos productivos y tecnológicos de este mismo periodo en el Occidente europeo.

La comprensión de la obra merece explicar el contexto de la producción monetaria entre los años finales del siglo XII a los centrales del siglo XIII. Durante este período, la emisión de moneda se realiza en talleres cada vez más estables caracterizados por una organización más compleja. En Francia, los monarcas tratan de impulsar la moneda real revirtiendo la gran cantidad de concesiones del poder emisor realizada por los sucesores de Carlomagno, que determinó que durante el siglo XII acuñase un elevadísimo número de nobles y obispos gracias al desplazamiento de monederos desde algunas ciudades como Chartres. Merced al impulso real, a finales del siglo XIII la moneda real es la preponderante en el mercado y se produce en un número reducido de casas de moneda cada vez más organizadas. En el caso de la ceca de Melgueil, cuyos dineros circulan por el Camino de Santiago a principios del siglo XII, su organización se aprecia en la documentación datada entre 1174 y 1215.

En la península Ibérica, los reyes aragoneses concentran en muy pocos talleres unas producciones masivas, en especial desde el impulso otorgado por Jaime I tras 1213 con la emisión de unos valores que permanecerán estables durante mucho tiempo.

Con anterioridad al inicio del reinado de Alfonso X en 1252, la moneda castellana y leonesa se producía en un número elevado de casas de moneda muchas veces eventuales. Sin embargo, desde los años finales del siglo XII, algunas de estas casas de moneda pasan establecerse de manera permanente en algunas poblaciones como León, Santiago, Salamanca, Toledo y Burgos entre 1180 y 1230, de acuerdo con la documentación que nos ha llegado. En el caso de León y Santiago, la presencia permanente de estos talleres ha dejado su impronta en la toponimia urbana, a través de la denominación “moneda” a la vía pública en que se ubicaron en este período.

A diferencia de la moneda francesa y las de los reyes aragoneses, las monedas castellanas posteriores a 1195 y las leonesas producidas tras 1216 responden a una única tipología para cada uno de los reinos, diferenciándose las producidas en cada taller a través de la introducción de una marca de ceca que facilita un control centralizado de la regularidad del trabajo y la evitación de fraudes. Además, algunas emisiones añaden marcas de control interno consistentes en puntos u otros elementos ubicados en espacios discretos para el detentador de cada moneda.

El proceso de concentración de talleres monetarios en León y Castilla se materializa con motivo de la emisión de los dineros de la Guerra de Granada iniciada en 1263. La documentación conservada refleja la presencia permanente de monederos cuyos derechos deben ser respetados por toda la población, consistentes en inmunidades jurisdiccionales y fiscales. Encontramos a monederos residiendo y celebrando contratos en León desde 1257, Murcia en 1272, Burgos desde 1279 y Sevilla tras 1280. Esta presencia genera conflictividad, en especial por la exención del pago de tributos locales, extremo que motiva demandas que los reyes casi siempre resolvieron en favor de “sus” monederos en Burgos en 1268, León en 1289 o Coruña en 1298. Consecuentemente, podemos deducir que ya hay un taller estable en al menos estas ciudades desde 1263 a 1300 a las que cabe añadir las de Cuenca o Toledo gracias a las marcas que se describen en las emisiones de este periodo y que se mantienen tras esta última fecha y las menciones a no pocos documentos dentro ya del siglo XIV.

Los derechos de los monederos proceden de estatutos anteriores al menos al siglo X tanto en Francia como en Italia, lugares de los que procedían los primeros monederos que operaron en Castilla desde los años finales del siglo XI. Los reyes castellanos sistematizaron y compilaron estos derechos entre 1295 y 1298 y, especialmente, en 1369 de una manera muy similar a la que conocemos en Portugal, Aragón y Francia. En cada casa de moneda existe un cabildo de monederos y un alcalde. El acceso a la condición de monedero exige ser hijo o nieto de monedero e invitar a comer a los demás integrantes de la corporación. Para finalizar, en 1206 nos consta la existencia de una cofradía de monederos de los cuatro reinos cristianos peninsulares.

La concentración de casas de moneda impulsada en 1263 significó también una institucionalización y la agrupación en un mismo espacio físico de personas con distintos oficios, entre los que cabe destacar los ensayadores, encargados de verificar que cada moneda emitida se acomodase a los patrones detalla y ley establecidos en la normativa real. En sus ordenamientos monetarios, el rey establece un número de dineros máximo y mínimo por cada marco de 230 g de metal y, además, fija una cantidad de plata en cada ejemplar y desde 1270 un valor contable que permite establecer las relaciones de la nueva moneda con la que ya circula en el mercado.

En 1283 el ensayador de la casa de León es Reynel, probablemente una adaptación del nombre francés Reinaldo. Precisamente de este periodo final del siglo XIII puede datarse un manuscrito conservado en San Isidoro de León que contiene un Libro que enseña a ensayar cualquier moneda para uso de los ensayadores de las casas de moneda que incorpora importantes elementos para comprender los procesos técnicos del trabajo de la plata en la fabricación de moneda, que se encuaderna con un tratado de aritmética.

El oficio más numeroso en la casa de moneda es el de los monederos, encargados de la aplicación de los cuños en cada cospel, así como desarrollar las labores de trabajo y preparación del metal.

El tercer oficio que merece ser destacado en este punto es el de tallador o entallador, cuyo papel es la talla de los cuños de hierro para su posterior uso por los monederos. De este período podemos mencionar en León a don Marcos en 1279. Esta obra desarrolla un estudio concienzudo y metódico de dos emisiones muy voluminosas desarrolladas con posterioridad a 1277, precisamente sobre el análisis del trabajo de los entalladores que dejan ver las monedas.

Entre otras técnicas, una parte de la Numismática clásica se ha centrado en la individualización de los cuños con base en la observación desarrollada por cada estudioso para obtener conclusiones normalmente dirigidas a secuenciar determinadas series o calcular el volumen de las emisiones. En esta metodología tradicional, los cuños de anverso se asocian con los de reverso fijando unos y otros en gráficos perfectamente legibles.

El trabajo de Javier García Montes se dirige a individualizar la labor de los entalladores parta comprender y explicar el proceso productivo a través de una metodología que merece explicación y apoyo. El primer paso ha consistido en un trabajo de campo, desarrollado durante un extenso periodo de tiempo en el que el autor ha analizado la forma con que cada entallador afrontaba el cuño liso, indagando la clase de material empleado y su aplicación. Vale la pena observar la forma en que el autor de esta obra explica las sucesivas etapas en que el entallador esculpe el cuño. A través de esta vía, se distinguen las formas de los punzones y el modo en que se utilizan hasta el punto de identificar una mano en particular, diferenciándola de la de otros entalladores en el siguiente proceso.

Esta búsqueda de la mano autora es muy frecuente fuera del campo científico que nos ocupa. La Grafología identifica el autor de un escrito, ya sea con fines científicos o forenses. La Historia del Arte emplea distintos métodos para atribuir una obra a un autor, taller o escuela. En este caso, García Montes aplica los conocimientos adquiridos en su trabajo de campo para apreciar la forma del punzón, la torsión, la profundidad de la incisión o la forma de acometer el trabajo para diferenciar unas manos de otras, manteniendo en todos los procesos un elevado grado de objetividad.

El segundo paso consiste el análisis de dos series monetarias. Dentro del numerario castellano y leonés pueden mencionarse como antecedentes los trabajos de Antonio Orol en 1982 en torno a los dineros leoneses de 1200 y 1216, Metcalf en 1988 sobre los dineros de Alfonso VI de 1103, Mercedes Rueda en 1991 al tratar los dineros pepiones castellanos acuñados a caballo entre los siglos XII y XIII y de quien firma este prólogo al cuantificar el número de cuños conocidos en las series monetarias poco voluminosas del siglo XII. Ninguno de estos trabajos se enfrenta con este detalle a las voluminosas emisiones posteriores a 1276 que constituyen el objeto de esta obra.

Debe advertirse al lector que se trata de emisiones muy voluminosas, producidas en el esfuerzo de Alfonso X de concluir la unificación de las especies monetarias en uso tanto en León como en Castilla, incrementar el volumen de moneda en circulación, unificar los sistemas contables y profundizar en la institucionalización de los talleres monetarios. Las series permanecieron en vigor tras la desmonetización acordada en las Cortes de Vitoria de 1288, de manera que su circulación legal alcanza los años iniciales del siglo XIV. Dada la magnitud de la emisión, los dineros seisenes y las pujesas encuentran abundantemente representados en colecciones públicas y particulares, elevando muchísimo en corpus de monedas consideradas en el análisis.

Sentada esta base, se han definido unos elementos característicos y se han seleccionado monedas publicadas en obras científicas y catálogos comerciales que permitiesen trabajar al autor. A continuación, se ha elaborado una ficha para cada una de ellas con apoyo en la tecnología, permitiendo que el lector pueda ver la imagen como la extracción de todos estos elementos característicos.

El último paso ha consistido en la clasificación de las fichas atendido el taller monetario productor, los modelos normativos o estándarizados de anverso y reverso hasta el punto de individualizar cada cuño o grupo de cuños que conforman un subtipo determinado.

Cada subtipo, que puede estar integrado por uno más cuños, se agrupa en modelos de anverso y reverso realizados por una concreta mano, permitiendo atribuir y definir el número de entalladores distintos que trabajan dentro de una misma casa de moneda. En este caso, la agrupación en columnas de los modelos de anverso y reverso tiene un sentido específico y las líneas que los asocian se corresponden con cada grupo de cuños y no así de las monedas que en los sistemas tradicionales corresponden con su empleo por los cuños de ambas caras.

Con todo ello, se han interpretado la producción de cada taller y, por alcance, el de la tecnología de este período de la Edad Media. Algunos autores habían aportado conclusiones imprescindibles sobre de la producción monetaria medieval, caso de Julio Torres con base en la terminología presente en los ordenamientos monetarios posteriores a 1297 o Ricardo Córdoba al estudiar el mencionado manuscrito de San Isidoro de León. En este caso, el lector encontrará no pocas novedades con un importante sustento científico. Me permito en este punto señalar algunos de los más destacados.

En el ámbito específicamente castellano, los dineros seisenes con marca de ceca consistente en la letra A se venían atribuyendo con más o menos dudas dependiendo de los autores a Ávila, única ciudad de importancia con esta inicial en la actual Castilla. Sin embargo, la comparación estilística con las monedas murcianas permite al autor una atribución a Alicante, transitoriamente integrante del dominio de Alfonso X en el periodo que comprenden estas series. También la comparación de cuños ha permitido la asignación de las pujesas con marcas consistentes en dos puntos sobre las torres del castillo a Sevilla y las que tienen crecientes sobre una torre a Toledo. Además, la lectura del trabajo obliga a desterrar ciertas ideas preconcebidas, como la definición como distintas de veneras “viejas” o “nuevas”, en realidad una cuestión más dependiente del estilo individual del entallador que intencionado en el marco productivo, así como la consideración como dinero de una pujesa de tamaño superior.

Dentro del espacio castellano y leonés, algunos en talladores se desplazan de una a otra casa de moneda. Algunos documentos nos informaban del desplazamiento de trabajadores de la ceca de Burgos a Lorca en 1297 o el del monedero Juan Fermoso de León a Coruña a comienzos del siglo XIV, así como la presencia de Alfonso Pérez como alcalde de los monederos a León, Burgos y Lisboa tras 1332. A través de la forma de fabricar los cuños, podemos deducir que algunos entalladores trabajaron sucesivamente en varias casas de moneda.

Yendo más allá de los aspectos estrictamente locales, el estudio permite concluir que las emisiones que constituyen el objeto del trabajo se desarrollan de manera simultánea a lo largo del tiempo. Hasta ahora, nuestro conocimiento se circunscribía a la determinación del momento inicial de la emisión, pero carecíamos de una base objetiva para afirmar que la producción de las casas de moneda fuera continuada en el tiempo. Por consiguiente, la producción de las casas de moneda durante el siglo XIII es una actividad permanente, idea que puede extrapolarse cómodamente a Portugal, Aragón, Barcelona, Valencia o, en general, a Francia.

También sabemos que los entalladores fabricaban los cuños de ambas caras de la moneda, siendo excepcional que los monederos mezclasen en su trabajo los cuños de distintos autores.

Por otra parte, la actividad de las cecas no solo se limita a la producción y al cambio de monedas. Además de numerario, conocemos la existencia de piefortes o modelos que reproducen un determinado tipo monetario de peninsulares o franceses, por otra parte, infrecuentes en colecciones públicas y particulares. Tan solo conocíamos el hallazgo de un pieforte francés en un contexto arqueológico inglés y la composición metálica de un ejemplar castellano. Los estudios afirmaban la posibilidad, ahora acreditada, de que la producción se desarrolla dentro del propio taller monetario para su distribución en el comercio, sea para servir de ejemplo sea para su uso como ficha contable.

Posiblemente el mayor avance se encuentre en el mejor conocimiento de los procesos técnicos de fabricación del cuño, un aspecto muy poco tratado en la historiografía comparada. Tan sólo contábamos con los antecedentes de unos cuños del siglo XIV arrojados en el Támesis o los trabajos compilados por Lucia Travaini. De hecho, tan sólo conocíamos unos cuños de ambas caras publicados en la década de 1970 por Antonio Orol acaso correspondientes a la serie castellana de 1263.

A partir de este trabajo contamos con importantes bases para interpretar la fabricación de los punzones, incluidos los primeros pasos para crear punzones para cada uno de los caracteres que integran cada letra o elemento tipológico, los procesos de progresiva definición de los tipos monetarios a través de la aplicación de los punzones en los cuños desde el primer paso al último, el momento de la inserción de la marca de ceca, la asignación de marcas o sistemas de control de la producción, así como la progresión general del trabajo partiendo de ciertos cuños magistrales o experimentales.

Javier García Montes ha dedicado muchos años a esta labor. Cada una de las innumerables fichas ha implicado un trabajo promediado de tres horas, dato que unido a la tarea de deducir conclusiones ha extendido a once años este trabajo. El resultado es extraordinario y va a marcar el desarrollo de la investigación en adelante. Como se ha venido repitiendo, no es una obra que se limite a la interpretación puntual de dos series monetarias castellanas, sino que aporta hallazgos de alcance general sobre la tecnología y las labores productivas en la Europa suroccidental de la plena Edad Media.